Pequeñas y grandes historias

                                                   ESTHER

Esther, una joven agraciada, de esbelto cuerpo. Se mira al espejo y este le refleja su juventud y a la vez, esos ojos tristes, resaltados, por un maquillaje que ella no se hizo. 
Un maquillaje, en todos los tonos del color morado, del mas claro, hasta, el más oscuro. - ¿Que hice para tener este maquillaje? - Se pregunta, sin encontrar la respuesta. O si la tenía. 
Se casó con aquel, que la maquillaba siempre igual, a veces mas difuminados, a veces, los labios también, y el cuerpo. - No quiero verme estos colores - Se decía así misma, solo los sentía, como sentía su alma perdida sin saber que hacer.
- ¿Huyo? Y ¿Si me encuentra? ¿Me maquillará peor? - Miedo y amor. Rara composición.
¡¡Ayuda!! - Pide a gritos ahogados, silenciosos, como en silencio se mira al espejo, aquel maquillaje en color morado.

                                         por Virginia Oviedo

Como esta pequeña historia de Esther, hay miles en este preciso momento, miles, mirándose ese maquillaje que no se lo hicieron ellas. 




 
DORITA

Dorita corría por el prado, de verde césped, húmedo por el rocío de la mañana. Iba de la mano de su pequeña Ana. Ambas cogidas de la mano, alegres  se dirigían rumbo a aquel lago de mansas y cristalinas aguas. Sus pies descalzos, sentían el frescor de ese campo que, cual alfombra suave, cosquilleaban su delicada piel.
Ya se acercaban al lago, cuando Dorita, siente la suave mano de Ana que jalaba su tobillo; se da la vuelta y despierta.
¡Era un bello sueño para ser real!. - Reacciona y piensa -
Se encontraba tirada en el suelo, sus labios; sentían el sabor del polvo mezclado con la sangre que manaba de su boca.
De inmediato se incorporó tratando de huir de los ojos de Ana, su pequeña que, a sus cortos cinco años, presenció los golpes que le propinaba Aníbal, el marido de Dorita y padre de Ana.
Se escondía avergonzada  porque Ana había presenciado tan brutal escena.
El cuerpo le dolía pero, poco importaba, solo su pequeña, que la miraba sin decir nada, pero la mirada, "esa mirada", le preguntaba muchos "porqués", que ella no podía responder.
Se aseó, lo mejor que pudo, ocultó esos colores y dolores, se cubrió con grandes gafas, alistó maletas, lo justo, y se fue de ahí, dejando el dolor sufrido, pero, con la esperanza de una nueva vida junto a su pequeña Ana.

Por Virginia Oviedo

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